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Last Updated on abril 18, 2021 by Elizabeth Minda-Aluisa


En diciembre de 2019 corría la voz de que había un tipo de enfermedad respiratoria aguda que afectaba a personas en Wuhan, China. Nunca imaginaríamos entonces que en el 2020 nuestro mundo cambiaría.

La Organización Mundial de la Salud (OMS), en enero del 2020, declaró el nuevo brote de coronavirus como una emergencia de salud pública de importancia internacional. Posteriormente en marzo, del mismo año, el Director General de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, anunciaba que esta enfermedad, a la que conocemos hoy día como COVID-19, se estaba estableciendo por todo el mundo apresuradamente, por lo que la llamó pandemia.

Pero ¿sabíamos que esto sucedería?

Si. Muchas han sido las señales o avisos que nos lo indicaban. La historia de la humanidad ha estado plagada de patógenos que se originan en especies animales.

La Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE) indica que cada año aparecen cinco nuevas enfermedades humanas, tres de las cuales son de origen animal o zoonóticas. Estas zoonosis son aquellas infecciones que se producen de forma natural entre humanos y animales y son el resultado de una co-evolución del patógeno y de uno o varios hospederos, convirtiéndose en ciclos muy complejos.

Los patógenos que ahora son endémicos en los seres humanos, como el sarampión o la viruela, evolucionaron a partir de vida silvestre.  De la misma forma que los humanos se han extendido por todo el mundo, también lo han hecho las enfermedades infecciosas.

Incluso en esta era moderna, los brotes son casi constantes, aunque no todos alcanzan el nivel de pandemia como lo ha hecho la COVID-19.

Casos previos

De la misma forma que las sociedades humanas se han desarrollado, los patógenos de hospederos animales también se han extendido en nuestra población, sobre todo con la aparición de las comunidades agrarias, cambios ecológicos y demográficos a gran escala. Ejemplos de esto, lo constituye la domesticación del ganado y la formación de grandes urbes hace unos 10.000 años, trayendo consigo un comercio generalizado con nuevas oportunidades para la interacción entre humanos y animales, que aceleraron la aparición de esas epidemias.

La malaria, la tuberculosis, la lepra, la influenza, la viruela y otras aparecieron por primera vez durante estos primeros años. Posteriormente la peste negra (1347-1351) causada por Yersinia pestis, el cólera (1817-1923) causada por Vibrio cholerae, la gripe española (1918-1919) causada por el virus de la influenza H1N1, son solo algunas de las pandemias o epidemias que constan en la historia de la humanidad.

Sin embargo, en la actualidad la aparición de eventos zoonóticos son más frecuentes. Por ejemplo, la COVID-19 es la sexta pandemia global desde la pandemia de gripe de 1918.

Varias zoonosis emergentes ocuparon los titulares mundiales causando gran alarma. Estas enfermedades incluyen el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA), el síndrome respiratorio agudo repentino (SARS), gripe porcina y aviar, síndrome respiratorio del Medio Oriente (MERS), el virus de ébola, el virus del Nilo Occidental o la enfermedad por el virus del Zika.

Causas

Muchos son los factores que conducen a la aparición de enfermedades zoonóticas, todos enfocados a las actividades antropogénicas como las prácticas agrícolas, la destrucción del hábitat, la invasión humana a los bosques, el consumo y tráfico de fauna silvestre, el cambio climático, entre otras.

Según el reporte del UNEP FRONTIERS 2016 si bien es cierto las enfermedades zoonóticas se originan en la vida silvestre, la transmisión zoonótica de los hospedadores de vida silvestre directamente al hospedador humano es poco común, es así como los animales domésticos se han convertido en un ‘puente epidemiológico’ entre la fauna silvestre y las infecciones humanas.

La demanda de proteína de alto valor biológico de origen animal requiere una producción más intensiva, en otras palabras, mayores poblaciones de ganado de alto rendimiento y genéticamente similares mantenidas juntas, disminuyendo la diversidad genética, lo cual ayuda a resistir la propagación de enfermedades, una vulnerabilidad conocida como efecto del monocultivo.

¿Las señales estaban ahí para contener a la COVID-19?

Si. Después de los acontecimientos ocurridos de 2014 a 2016 con el brote de ébola más devastador y difícil de contener, debimos aprender muchas lecciones, a pesar de ello, los humanos tenemos una memoria muy frágil.

El brote de ébola de 2014-2016 en África Occidental fue el más extenso y complejo desde que se descubrió el virus en 1976. Hubo más casos y más muertes en este brote que en todos los demás juntos. Además, se extendió a diferentes países: empezó en Guinea y después se propagó a través de las fronteras terrestres a Sierra Leona y Liberia.

Cerca de 28.000 infectados y más de 11.000 muertos fueron consecuencia de este brote. Además de poner en evidencia un sistema de salud muy debilitado y problemas económicos muy grandes. El brote terminó cuando los sistemas médicos y de protección civil, comenzaron a actuar en conjunto con la población, dejando en claro la necesidad de la colaboración de cada una de las personas para detener esta catástrofe.

Entonces, si teníamos muchas señales ¿por qué la COVID-19 nos ha afectado tanto? ¿Cómo nos recuperaremos de esto? ¿Estamos preparados para una nueva pandemia? Son muchas preguntas en las que debemos ser más críticos.

La próxima amenaza

A medida que la población humana se expanda y siga causando daño a la naturaleza, las amenazas que están ocultas saldrán. Por cada patógeno que aparezca, muchos más serán potenciales amenazas circulando en la naturaleza.

Según el nuevo reporte de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES), se estima 1,7 millones de virus actualmente “no descubiertos” existen en mamíferos y aves, de los cuales hasta 850.000 podrían tener la capacidad de infectar a las personas. Además, se pronostica pandemias más frecuentes, mortales y costosas.

Este informe, que reúne 22 expertos líderes de todo el mundo, propone un cambio transformador en nuestro enfoque global para hacer frente a las enfermedades infecciosas, además de crear un Consejo Intergubernamental para la Prevención de Pandemias y así abordar los factores de riesgo, incluida la deforestación y el comercio de vida silvestre, y propone impuestos a las actividades de alto riesgo pandémico.

En consecuencia, parece evidente que debemos comprender y asumir que nuestra salud y la de los animales (domésticos y salvajes) son interdependientes y están unidas a la salud de los ecosistemas en los que vivimos. Solo tenemos un mundo y una única salud: la de todo el planeta. El enfoque actual de las enfermedades de origen animal emergentes y re-emergentes se basa en la respuesta a esas enfermedades después de su aparición más no en su prevención.

El mundo tuvo la opción de comprender de las epidemias y pandemias previas, para preparase y guiar de mejor manera la COVID-19, pero no tomamos esa oportunidad y ahora estamos sumergidos en una pandemia con terribles consecuencias económicas y sociales.

Si no cambiamos y no aprendemos de lo que ha ocurrido con la pandemia actual, tomando en cuenta la prevención, la próxima pandemia nos arrojara en el mismo hoyo donde nos encontramos hoy día.


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Elizabeth Minda-Aluisa